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Archive for the ‘Sacramentos’ Category

Este artículo de Monseñor Fernando Sebastián aparecido hoy en Alfa y Omega os los ofrezco como reflexión del Movimiento de Cursillos de Cristiandad.

Hoy necesitamos personas que vivan la Eucaristía, que valoren el Evangelio, que vibren con él, que dediquen tiempo, el sábado o el domingo, a practicar obras de misericordia, a visitar enfermos, a atender a inmigrantes, a hacer lo que haya que hacer para practicar efectivamente los mandamientos del Señor. Tenemos que ahondar en la autenticidad de los sacramentos, y en la Eucaristía.

La Eucaristía dominical es la matriz, donde la comunidad cristiana se hace cristiana y se hace comunidad. Por eso no se concibe esa figura del cristiano no practicante. Es como decir: Soy futbolista no practicante: nunca voy al fútbol, ni juego, ni sé lo que es un balón, ni distingo un delantero de un defensa. Entonces, ¿qué clase de futbolista eres? Sobre todo, hemos de ahondar en dos sacramentos: Bautismo y Matrimonio. Bautizamos a los niños, con la condición de que alguien les ayude a conocer su Sacramento. Preguntamos a los padres: ¿Qué queréis para vuestros hijos? Y responden: La fe. Y habría que añadir: ¿De verdad? El padrino, la madrina y vosotros ¿estáis dispuestos a ayudar? Porque a lo mejor el padrino y la madrina no van nunca a la iglesia, y se busca a una madrina porque es prima o cuñada. En muchos casos, el Bautismo se toma a chirigota, y si quieres ponerlo en valor, puedes salir en los periódicos: Un párroco niega el derecho a ser madrina a una señora porque estaba divorciada y recasada.

Pero es que si una persona va a ser la educadora en la fe de este niño, ¡qué menos se puede pedir que sea un cristiano o una cristiana cabal! Si no es así, hay que decirle respetuosamente que lo deje. No podemos tomar los sacramentos en broma, y mientras la Iglesia no dé ese paso, no entraremos en una actitud evangelizadora.

Autenticidad de los sacramentos

Algo parecido pasa con los matrimonios: ¿cuántos matrimonios hay que vayan a casarse sacramentalmente, creyendo de verdad en la indisolubilidad del Matrimonio? La media de matrimonios canónicos en España es del 48%. ¿Cuántos, de ese 48%, no tienen ni noción, ni interés, hacen un cursillito de cuatro charlas y ya está?

Estamos tratando los sacramentos como cuando la sociedad era toda cristiana, y si ahora nos parecemos al cristianismo del siglo III, nuestra pastoral tiene que parecerse a la del siglo III: con un catecumenado serio, antes o después del Bautismo. El fruto del Bautismo es la conversión personal, y eso requiere de un proceso de catequesis. Hoy, en España, tenemos que plantearnos la autenticidad de nuestros sacramentos. Amablemente, sin romper la caña cascada, sin apagar la mecha que humea, pero sin falsificarlos. Por tanto, hemos de promover, en las parroquias y en los colegios, unas catequesis de conversión.

La catequesis es para que los catecúmenos se conviertan a Dios y a Jesús. Y la catequesis la hacen los catequistas, no los libros. ¿Qué catequistas tenemos? ¿Mueven el corazón de los chicos para que descubran la importancia de Jesús en su vida? Cuando estaba de obispo, los curas -que sufren mucho por estos problemas- me decían que estaban muy desanimados porque los chavales de Confirmación no perseveraban.

Y yo les decía: Sí que lo hacen: perseveran porque salen igual que entraron; porque no han vivido una crisis de conversión, ni se han dado cuenta de que ser cristiano requiere plantearse su vida y ver cómo ocupan el tiempo, qué clase de vida llevan, si viven en gracia de Dios o no, cómo responden de sus responsabilidades

No está hecha nuestra catequesis para provocar una crisis de conversión. Eso lo hacen los Cursillos de Cristiandad, ¡así que ése es el modelo de nuestras catequesis!

No como en la Antártida

Hoy no podemos ceder a la tentación de cerrarnos en nosotros mismos y ser como las expediciones de la Antártida: vivimos en nuestro refugio, calentitos, sabemos que fuera están los osos blancos, y no salimos. Hacen falta cristianos preparados espiritual y culturalmente para meterse en una reunión de agnósticos y discutir con ellos amablemente. Tenemos que hablar con agnósticos, con ateos, con socialistas, y demostrarles que es más hermoso ser cristiano. Tenemos que ser capaces de mantener un tú a tú con los socialistas, y convencerles de que la santa ley de Dios, el Evangelio y la vida de la Iglesia es mucho más humana, digna, progresista y feliz que todo lo que nos predican.

Con amabilidad, sin enfadarse, pero con razones de tomo y lomo. Nuestra Iglesia se ve más asediada, más metida en el iglú, porque nos faltan esos cristianos y no somos capaces de salir para sostener un cuerpo a cuerpo con esas personas. Una parroquia misionera es una parroquia centrada en el Bautismo y en la Eucaristía, que tiene sus avanzadillas por el mundo para conectar con otras gentes, y que tiene un catecumenado de adultos que hace cristianos a la gente decepcionada que Dios quiera mandarnos.

Tenemos que rezar mucho para ser mejores y para que nuestra Iglesia se vaya poniendo en actitud vigorosa de misión. Para tener la humildad de reconocer la situación en la que estamos. Para ser diligentes y no tener pereza a la hora actuar, sin vivir de recuerdos. Y, sobre todo, hemos de tener confianza para luchar. Dios está con nosotros, y el Señor nos lo dijo: En el mundo tendréis luchas, pero yo he vencido al mundo.

+ Fernando Sebastián Aguilar

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Publicado hoy 24-dic-09 en Diario de Sevilla. Juan José Asenjo Pelegrina

FALTAN pocas horas para la Navidad. También en este año son muchos los empeñados en vaciar de contenido religioso estos días santos, convirtiéndolos en las vacaciones blancas, en la celebración del solsticio de invierno y, en todo caso, en las fiestas del consumismo y el derroche. La secularización de la Navidad tiene múltiples manifestaciones. En la ambientación navideña de nuestros hogares y de nuestras ciudades se prescinde del misterio que en estos días celebramos. Se sustituye el Belén por el árbol de Navidad, los Reyes Magos por un Papá Noel sin referencias religiosas, y hasta las entrañables tarjetas navideñas se han convertido en felicitaciones laicas portadoras de vaporosos deseos de paz y de felicidad inconsistente, porque se olvida al verdadero protagonista de la Navidad, Jesucristo, Príncipe de la paz y punto de partida de nuestra alegría en estos días.

El despojamiento del sentido religioso de estos días se manifiesta también en el lenguaje. La palabra Navidad, que significa natividad o nacimiento del Señor, es sustituida por la palabra “fiesta”, más inocua y menos comprometedora, y la tradicional expresión “felices pascuas”, de tanta riqueza espiritual, porque con ella aludimos al meollo de la Navidad, el paso del Señor junto a nuestras vidas, para renovarlas y recrearlas, se ha sustituido por la expresión “felices fiestas”, circunloquio que busca en definitiva evitar reconocer que el corazón de la Navidad es nuestro encuentro con el Señor que nace para nuestra salvación.

Por ello, en este día de Nochebuena, invito a mis lectores a fortalecer el sentido cristiano de la Navidad, viviéndola con hondura, autenticidad y verdad. El Dios que se hace niño lo es todo para nosotros. Por ello, hemos de anunciarlo y compartirlo con nuestros conciudadanos, pues Él nos trae la paz, la alegría, la esperanza y el sentido para nuestra vida, el futuro y la esperanza también para el mundo. “Anuncia la Navidad desde tu balcón” era el lema de una loable campaña que el año pasado invitaba a colocar una imagen del Niño en el exterior de los hogares andaluces. Me parece una forma magnífica de dar testimonio del misterio que celebramos. Dios quiera que sean muchas las familias que también este año la secunden.

Vivid la Navidad en el hogar. Pocas ocasiones unen más a las familias que estos días entrañables. No os olvidéis de poner el Belén familiar por sencillo que sea. Ayudad a vuestros hijos a instalarlo, al mismo tiempo que les explicáis el sentido más genuino de esta representación plástica de los misterios de la encarnación, nacimiento y manifestación del Señor. No os olvidéis de los villancicos en vuestras reuniones familiares. Iniciadlas con una oración, previamente preparada, al hilo de los misterios que celebramos, y procurad acudir en familia a la Misa del Gallo.

Vivid la Navidad desde la Eucaristía. Entre Navidad y Eucaristía hay un nexo muy estrecho. En ella el Salvador, encarnado en el seno de María, continúa ofreciéndose a la humanidad como fuente de vida divina. El Señor que vino al mundo hace 2.000 años, sigue viniendo cada día sobre el altar, el mejor y más verdadero Belén. Aprovechad estos días para pasar largos ratos acompañándolo y admirando el misterio de su amor y de su entrega por nosotros. Qué bueno sería que en estos días finales de Adviento todos nos preparáramos para acoger al Señor en nuestros corazones recibiendo el sacramento de la penitencia, que es el sacramento de la paz, de la alegría y del reencuentro con Dios.

Huid del derroche y del consumismo que solapan el misterio y son un insulto para los miles y miles de hermanos nuestros que están sufriendo las consecuencias cruentas de la crisis económica y el paro. No os pleguéis sin más a los reclamos publicitarios. Vivid unas Navidades austeras, pues la alegría auténtica no es fruto de las grandes cenas ni de los regalos ostentosos. Nace del corazón, de la conciencia pura y de la amistad con el Señor. En este año, más que nunca, vivid también unas Navidades solidarias y fraternas. Prescindid incluso de algo necesario para compartirlo con quienes nada tienen. Procurad buscar algunos momentos en estos días para visitar enfermos, ancianos o necesitados. En ellos está el Señor, que nacerá en nuestros corazones y en nuestras vidas si lo acogemos en los pobres y en los que sufren.

Termino deseando a todos los cristianos de Sevilla y de Andalucía entera una Navidad, gozosa, honda y auténtica. Mis mejores deseos también para aquellos que no creen en el misterio que celebramos, para quienes también nace el Señor. Para todos, ¡Feliz y santa Navidad!

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El dolor sería una intolerable sinrazón de no mediar el Varón de dolores. Un hombre que pone de manifiesto sus temores ante el bautismo de sangre (Lc 12,50), que ha visto emboscadas a lo largo de su camino, con unas turbas adversas, abandonado y traicionado por los suyos, que sorbe el cáliz de la ira de Dios, mientras le desgarra su ausencia… Y, sin embargo, se pliega a lo que Dios disponga (Mt 26,39). Por eso Dios le sostiene indefectiblemente. Perfeccionado por el sufrimiento, es el guía de nuestra salvación. El cristiano besa la mano de Dios cuando le agracia con el dolor y se alegra porque ya tiene parte en los sufrimientos de Cristo (1 Pe 4,13). El dolor encubre al Espíritu de gloria, que es Espíritu de Dios.

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Autor: SS Benedicto XVI

¿Cuál es el significado de la solemnidad de hoy, del Cuerpo y la Sangre de Cristo? Nos los explica la misma celebración que estamos realizando, con el desarrollo de sus gestos fundamentales: ante todo, nos hemos reunido alrededor del Señor para estar juntos en su presencia; en segundo lugar, tendrá lugar la procesión, es decir, caminar con el Señor; por último, vendrá el arrodillarse ante el Señor, la adoración que comienza ya en la misa y acompaña toda la procesión, pero que culmina en el momento final de la bendición eucarística, cuando todos nos postraremos ante Aquél que se ha agachado hasta nosotros y ha dado la vida por nosotros.

Analicemos brevemente estas tres actitudes para que sean realmente expresión de nuestra fe y de nuestra vida.

Reunirse en la presencia del Señor

El primer acto es el de reunirse en la presencia del Señor. Es lo que antiguamente se llamaba “statio”. Imaginemos por un momento que en toda Roma sólo existiera este altar, y que se invitara a todos los cristianos de la ciudad a reunirse aquí, para celebrar al Salvador, muerto y resucitado. Esto nos permite hacernos una idea de cuáles fueron los orígenes de la celebración eucarística, en Roma y en otras muchas ciudades, a las que llegaba el mensaje evangélico: en cada Iglesia particular había un solo obispo y, a su alrededor, alrededor de la Eucaristía celebrada por él, se constituía la comunidad, única, pues uno era el Cáliz bendecido y uno era el Pan partido, como hemos escuchado en las palabras del apóstol Pablo en la segunda lectura (Cf. 1 Corintios 10,16-17).
Pasa por la mente otra famosa expresión de Pablo: “ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gálatas 3, 28). “¡Todos vosotros sois uno!”. En estas palabras se percibe la verdad y la fuerza de la revolución cristiana, la revolución más profunda de la historia humana, que se experimenta precisamente alrededor de la Eucaristía: aquí se reúnen en la presencia del Señor personas de diferentes edades, sexo, condición social, ideas políticas. La Eucaristía no puede ser nunca un hecho privado, reservado a personas escogidas según afinidades o amistad. La Eucaristía es un culto público, que no tiene nada de esotérico, de exclusivo. En esta tarde, no hemos decidido con quién queríamos reunirnos, hemos venido y nos encontramos unos junto a otros, reunidos por la fe y llamados a convertirnos en un único cuerpo, compartiendo el único Pan que es Cristo. Estamos unidos más allá de nuestras diferencias de nacionalidad, de profesión, de clase social, de ideas políticas: nos abrimos los unos a los otros para convertirnos en una sola cosa a partir de Él. Esta ha sido desde los inicios la característica del cristianismo, realizada visiblemente alrededor de la Eucaristía, y es necesario velar siempre para que las tentaciones del particularismo, aunque sea de buena fe, no vayan en el sentido opuesto. Por tanto, el Corpus Christi nos recuerda ante todo esto: ser cristianos quiere decir reunirse desde todas las partes para estar en la presencia del único Señor y ser uno en Él y con Él.

Caminar con el Señor
El segundo aspecto constitutivo es caminar con el Señor. Es la realidad manifestada por la procesión, que viviremos juntos tras la santa misa, como una prolongación natural de la misma, avanzando tras Aquél que es el Camino.
Con el don de sí mismo en la Eucaristía, el Señor Jesús nos libera de nuestras “parálisis”, nos vuelve a levantar y nos hace “pro-ceder”, nos hace dar un paso adelante, y luego otro, y de este modo nos pone en camino, con la fuerza de este Pan de la vida. Como le sucedió al profeta Elías, que se había refugiado en el desierto por miedo de sus enemigos, y había decidido dejarse morir (Cf. 1 Reyes 19,1-4). Pero Dios le despertó y le puso a su lado una torta recién cocida: “Levántate y come -le dijo–, porque el camino es demasiado largo para ti” (1 Reyes 19, 5.7). La procesión del Corpus Christi nos enseña que la Eucaristía nos quiere liberar de todo abatimiento y desconsuelo, quiere volver a levantarnos para que podamos retomar el camino con la fuerza que Dios nos da a través de Jesucristo. Es la experiencia del pueblo de Israel en el éxodo de Egipto, la larga peregrinación a través del desierto, de la que nos ha hablado la primera lectura. Una experiencia que para Israel es constitutiva, pero que para toda la humanidad resulta ejemplar. De hecho, la expresión “no sólo de pan vive el hombre, sino que el hombre vive de todo lo que sale de la boca del Señor” (Deuteronomio 8,3) es una afirmación universal, que se refiere a cada hombre en cuanto hombre. Cada uno puede encontrar su propio camino, si encuentra a Aquél que es Palabra y Pan de vida y se deja guiar por su amigable presencia. Sin el Dios-con-nosotros, el Dios cercano, ¿cómo podemos afrontar la peregrinación de la existencia, ya sea individualmente ya sea como sociedad y familia de los pueblos?
La Eucaristía es el sacramento del Dios que no nos deja solos en el camino, sino que se pone a nuestro lado y nos indica la dirección. De hecho, ¡no es suficiente avanzar, es necesario ver hacia dónde se va! No basta el “progreso”, sino no hay criterios de referencia. Es más, se sale del camino, se corre el riesgo de caer en un precipicio, o de alejarse de la meta. Dios nos ha creado libres, pero no nos ha dejado solos: se ha hecho él mismo “camino” y ha venido a caminar junto a nosotros para que nuestra libertad tenga el criterio para discernir el camino justo y recorrerlo.

Arrodillarse en adoración ante el Señor

Al llegar a este momento no es posible de dejar de pensar en el inicio del “decálogo”, los diez mandamientos, en donde está escrito: “Yo, el Señor, soy tu Dios, que te he sacado del país de Egipto, de la casa de servidumbre. No habrá para ti otros dioses delante de mí” (Éxodo 20, 2-3). Encontramos aquí el tercer elemento constitutivo del Corpus Christi: arrodillarse en adoración ante el Señor. Adorar al Dios de Jesucristo, que se hizo pan partido por amor, es el remedio más válido y radical contra las idolatrías de ayer y hoy. Arrodillarse ante la Eucaristía es una profesión de libertad: quien se inclina ante Jesús no puede y no debe postrarse ante ningún poder terreno, por más
fuerte que sea. Nosotros, los cristianos, sólo nos arrodillamos ante el santísimo Sacramento, porque en él sabemos y creemos que está presente el único Dios verdadero, que ha creado el mundo y lo ha amado hasta el punto de entregar a su unigénito Hijo (Cf. Juan 3, 16).
Nos postramos ante un Dios que se ha abajado en primer lugar hacia el hombre, como el Buen Samaritano, para socorrerle y volverle a dar la vida, y se ha arrodillado ante nosotros para lavar nuestros pies sucios. Adorar el Cuerpo de Cristo quiere decir creer que allí, en ese pedazo de pan, se encuentra realmente Cristo, quien da verdaderamente sentido a la vida, al inmenso universo y a la más pequeña criatura, a toda la historia humana y a la más breve existencia. La adoración es oración que prolonga la celebración y la comunión eucarística, en la que el alma sigue alimentándose: se alimenta de amor, de verdad, de paz; se alimenta de esperanza, pues Aquél ante el que nos postramos no nos juzga, no nos aplasta, sino que nos libera y nos transforma.
Por este motivo, reunirnos, caminar, adorar, nos llena de alegría. Al hacer nuestra la actitud de adoración de María, a quien recordamos particularmente en este mes de mayo, rezamos por nosotros y por todos; rezamos por cada persona que vive en esta ciudad para que pueda conocerte e ti, Padre, y a Aquél que tú has enviado, Jesucristo. Y de este modo tener la vida en abundancia.
Amén.

Homilía que pronunció Benedicto XVI en la tarde del jueves 22 mayo 2008, solemnidad del Corpus Christi, al presidir la celebración eucarística en la plaza de la Basílica de San Juan de Letrán.

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De pequeño, nunca me gustaron las espinacas. No se me borra el recuerdo angustiante de ver llegar a mi madre con aquellas hierbas verdes y marchitas y exclamar con júbilo: ¡para que seas fuerte como Popeye!
Años después me sirvieron una especie de ensalada de “hierba” que llevaba pistachos, pasas, aceite, algo de sal y manzana picada: “¡Qué delicia de ensalada! – ¿Qué es esta hierba verde?; ¡Espinacas!”.
Esto me hizo reflexionar en que las cosas pueden cambiar de apariencia dependiendo de cómo se presenten. Para los cristianos este tiempo de Pascua tiene muchos significados, significados de conversión y resurrección después de una Cuaresma no “muy agradable” desde el punto de vista humano, pero sí muy provechosa para el alma que quiere acercarse más a Cristo.
Continuando sobre mi vivencia penitencial y la reflexión del camino, estuve examinadome acerca de dos temas que generalmente provocan controversia, pero en otros momentos pueden ser tomado con simpático o con admiración. Y sin querer trasmitir ninguno de estas sensaciones me dispongo a evidenciar lo meditado.
El primero de esos dos temas es la austeridad. Austeridad es vivir con sencillez y sobriedad la vida diaria. No se trata de una austeridad vivida en la tristeza, sino una austeridad vivida por amor y caridad con el prójimo. Cuando se vive por amor se es feliz, porque la austeridad nos lleva a desprendernos de nosotros mismos para entregarnos a los demás desde la caridad bien entendida, no desde la limosna que nos sobra. La austeridad fue una constante en la vida de Cristo. Cristo no contó con medios sofisticados para proclamar su mensaje, sin embargo sus palabras han llegado a millones de corazones a través de los siglos. Yo, desde este blog solo he podido llegar a 10.000 lectores en dos años… Los hombres de hoy también podemos asemejarnos a Cristo a través de la austeridad. No se trata de no tener almohadas en donde reclinar la cabeza. Se trata de vivir con normalidad el día a día. Pero lo más importante es hacer todo esto con convicción y por amor a Aquél que nos lo enseñó.
El segundo tema es la penitencia. La penitencia se puede interpretar de muchas maneras y ninguna se excluye en la Cuaresma ni en la Pascua. La penitencia no sólo como sacramento y acción por la cual confesamos nuestros pecados al sacerdote. También nos referimos a la penitencia como la tarea o el propósito de reparar nuestras faltas, y puede ser espiritual o física. Podríamos caer en el engaño de pensar en la penitencia como algo imposible. Pero hay que recordar que si no se hace por amor, si no se hace con un sentido de reparación, ¡mejor ni intentarlo!
En la homilía que el Papa Benedicto XVI pronunció el miércoles de ceniza de 2009, remarcaba la importancia de vivir la Cuaresma practicando estas dos virtudes. Decía el Papa: “La Cuaresma, que se caracteriza por una escucha más frecuente de esta Palabra, por una oración más intensa, por un estilo de vida austero y penitencial, ha de ser estímulo a la conversión y al amor sincero a los hermanos, especialmente a los más pobres y necesitados”.
Vale la pena recordar que unas espinacas bien servidas y preparadas pueden cambiar el día. La austeridad y penitencia, bien vividas y entendidas, pueden cambiar la vida. No dudemos, por tanto, en Resucitar con Cristo desde pequeños actos de austeridad y penitencia, que seguro aliviarán nuestros sufrimientos más humanos y fortalecerá nuestra alma más cristiana.
Y así, después de una Cuaresma intensa y bien vivida, podamos exclamar con júbilo, ¡qué delicia! ¡Cristo ha resucitado y ha cambiado mi vida!

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Ayer lunes santo viví mi primera estación de penitencia como hermano de Vera Cruz. El recorrido, al igual que el tiempo de cuaresma, lo he vivido (todavía en presente) de una forma especial. Con la invitación penitencial de cargar con la cruz me invitaba a reflexionar sobre mi vida. Con la exigencia de adentarme en mí y ponerme a andar el camino de hermandad, el camino de mi vida. Ver mi camino en paralelo al camino de otros hermanos y hermanas que a mi lado, con defectos, debilidades, necesidades… también intentan vivir la plenitud de su existencia con la gracia de Dios. Y esta fue la primera parte del camino: ¿Cómo vivo cada minuto mi existencia desde la fecundidad espiritual? ¿Cómo se muestra la acción de Dios en nosotros?
La verdad es que no encontré respuesta. Y si me arriesgase a dar alguna, sé que es Dios quien realiza en nosotros el camino de transformación y de crecimiento; es Dios quien hace eficaz en nosotros la gracia. Ahora bien, si yo no me dejo empapar es difícil ser fermento fecundo de su amor de Padre y Madre. Tenemos que dejar de creer que simplemente con fiarnos desde la pasividad Dios va a hacer fecunda nuestra vida. Y no es así. Somos nosotros quienes debemos de ser receptores como la semilla se clava en la tierra y se deja enterrar, mojar por la lluvia e iluminar por el sol.

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